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viernes, 27 de marzo de 2009

Voyage, voyage (continuación)

Como dije antes, no tuve el placer de cruzar el Atlántico. Ni respirar el aire europeo que me fascinaba hasta el delirio.


Cuando tenía diecisiete años, mi estructura mental se vió sacudida. Una cadena de sucesos, que se extendieron en el corto plazo, hizo que me replanteara lo que quería de la vida y en la vida, con mi vida.
Y si bien quería conocer con desesperación muchos lugares del llamado "Viejo Continente", mi nueva forma de pensamiento modificó ese deseo.
Ya no sólo quería ir a recorrer Europa, sino que quería hacerlo con mi dinero. Quería juntar cada céntimo necesario para pagarme el pasaje y la estadía. Quería que el viaje fuera resultado de mi esfuerzo y no porque había tenido ¿la suerte? de nacer donde había nacido. Ni tampoco quería sucumbir ante la tentación Parr de la buen vida bajo determinadas condiciones.
Me di cuenta que el viaje de los veintiuno no era un regalo, sino una especie de soborno para seguir la línea Parr de seres humanos exitosos. Al menos yo lo sentía así en ese momento.
Por lo que, cuando cumplí los veintiuno, no sólo no hubo viaje, sino que ya no estaba viviendo en casa de mis padres y trabajaba en varios colegios simultáneamente para poder pagar el alquiler del monoambiente, que la tía Eli me dejaba a un precio que era una bicoca, y que sin embargo para mi implicaba horas y horas de trabajo.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Voyage, voyage.

Era tradición que el regalo de mamá y papá para el cumpleaños número veintiuno consistiese en un viaje a Europa.
Durante años anhelé ese viaje. Soñaba despierta. Me imaginaba caminando por París. Cruzando un puente en Praga. Respirando a Gaudí en Barcelona. Viviendo la mitología en Grecia. Conociendo mis raíces en Lancanshire y en Roma.
Mi vida era una continua cuenta regresiva hacia mi viaje. Cada vez que cumplía años, no festeja que cumplía un año más sino que faltaba uno menos.
Y así transcurrió mi adolescencia, haciendo palitos en las paredes mentales, como un prisionero que cuenta los días tallando el muro que lo encierra.
Apenas recuerdo el regreso de Elsa, pero sí tengo presente el de Esteban y el de Magda. Recuerdo las fotos, la cámara Kodak, las postales. Recuerdo sus diarios de viajes, la emoción al relatar casi cada uno de sus días. Recuerdo el pelo largo de Esteban cuando llegó a casa después de cuatro meses de viaje. El color bronce en la piel de Magda. El brillo en los ojos. Sabía que había cosas que no nos contaban. Porque les resultaba imposible ponerlas en palabras.
Mi familia siempre tuvo una cierta fascinación por los viajes y no soy la excepción.

Pero, lamentablemente, nunca crucé el Atlántico.

martes, 24 de marzo de 2009

On my way

Comenté anteriormente que mi papá consideraba como hija menor a Magdalena, teniendo hacia ella el típico trato que se le imparte al benjamín o benjamina de la familia.
Posiblemente, esta conducta haya estado dada porque papá no tenía en sus planes mi existencia. Al menos ya no para el tiempo en que mamá quedó embarazada.
En los 20s los embarazos eran de por sí un hecho riesgoso, máxime si la mujer era mayor y mamá para los estándares de la época, ya era grande.
Según me contaron, papá puso el grito en el cielo cuando se enteró de que un cuarto y tardío hijo o hija estaba en camino.
Temió durante todo el embarazo que apareciera una complicación, y que la salud, que la vida de mamá se viera comprometida, y luego, al concluir el embarazo, temió que mamá muriese en el parto.
Creo que todo ese temor y espanto ante la posibilidad de perderla generó un cierto rencor hacía mí, aún cuando no existía. Y ese sentimiento de disgusto no terminó de desaparecer ni siquiera cuando nací y mamá salió ilesa del proceso.
Tal vez haya sido también éste un factor para que Magda, "la nena de papá", no estuviera contenta con tener una hermanita.
Los dos, por distintos motivos, habían resistido mi llegada.

jueves, 12 de marzo de 2009

Parents

La relación con mis padres no fue mala. Tampoco fue fácil.
Si bien disentían en algunas cuestiones, ante nosotros se presentaban con un bloque. Como podrá notar el memorioso, había en casa dos bloques.
La patronal y nosotros. "Nosotros", mis hermanos y yo.
Mis padres tenían para cada uno un paquete de requisitos y expectativas, ideado y hecho a medida.
Y eran bastante inflexibles.
Mi madre había sido perfecta, por decir poco. Hermosa, inteligente, culta, buena cocinera, buena esposa. Todo parecía saber y hacer a la perfección. Y no esperaba menos de nosotros. Quizás haya sido tan exigente porque creía que teníamos el potencial para ser como ella, o incluso superarla. Quizás la razón de sus reproches fuera que no podía aceptar que no pudiéramos o quisiéramos ser como ella.
Mi padre, ideólogo de los paquetes que antes mencioné, diferenciaba a cada uno, y creía detectar nuestros puntos fuertes y nuestras debilidades, así que la exigencia nunca era igual para todos en todo momento.
Sin duda, en quién tenía puestas todas sus expectativas, en contra de la tradicional mochila del primogénito, era en Magdalena.