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miércoles, 25 de marzo de 2009

Voyage, voyage.

Era tradición que el regalo de mamá y papá para el cumpleaños número veintiuno consistiese en un viaje a Europa.
Durante años anhelé ese viaje. Soñaba despierta. Me imaginaba caminando por París. Cruzando un puente en Praga. Respirando a Gaudí en Barcelona. Viviendo la mitología en Grecia. Conociendo mis raíces en Lancanshire y en Roma.
Mi vida era una continua cuenta regresiva hacia mi viaje. Cada vez que cumplía años, no festeja que cumplía un año más sino que faltaba uno menos.
Y así transcurrió mi adolescencia, haciendo palitos en las paredes mentales, como un prisionero que cuenta los días tallando el muro que lo encierra.
Apenas recuerdo el regreso de Elsa, pero sí tengo presente el de Esteban y el de Magda. Recuerdo las fotos, la cámara Kodak, las postales. Recuerdo sus diarios de viajes, la emoción al relatar casi cada uno de sus días. Recuerdo el pelo largo de Esteban cuando llegó a casa después de cuatro meses de viaje. El color bronce en la piel de Magda. El brillo en los ojos. Sabía que había cosas que no nos contaban. Porque les resultaba imposible ponerlas en palabras.
Mi familia siempre tuvo una cierta fascinación por los viajes y no soy la excepción.

Pero, lamentablemente, nunca crucé el Atlántico.

martes, 24 de marzo de 2009

On my way

Comenté anteriormente que mi papá consideraba como hija menor a Magdalena, teniendo hacia ella el típico trato que se le imparte al benjamín o benjamina de la familia.
Posiblemente, esta conducta haya estado dada porque papá no tenía en sus planes mi existencia. Al menos ya no para el tiempo en que mamá quedó embarazada.
En los 20s los embarazos eran de por sí un hecho riesgoso, máxime si la mujer era mayor y mamá para los estándares de la época, ya era grande.
Según me contaron, papá puso el grito en el cielo cuando se enteró de que un cuarto y tardío hijo o hija estaba en camino.
Temió durante todo el embarazo que apareciera una complicación, y que la salud, que la vida de mamá se viera comprometida, y luego, al concluir el embarazo, temió que mamá muriese en el parto.
Creo que todo ese temor y espanto ante la posibilidad de perderla generó un cierto rencor hacía mí, aún cuando no existía. Y ese sentimiento de disgusto no terminó de desaparecer ni siquiera cuando nací y mamá salió ilesa del proceso.
Tal vez haya sido también éste un factor para que Magda, "la nena de papá", no estuviera contenta con tener una hermanita.
Los dos, por distintos motivos, habían resistido mi llegada.

sábado, 21 de marzo de 2009

Cuando conocimos a Ignacio

Cuando Ignacio vino por primera vez a casa, pude notar la cara de pavor en papá. Mamá había quedado simplemente desconcertada. Y yo miraba la escena sin entender bien qué era lo que estaba pasando.
Recuerdo haber notado que papá estaba mordiendo muy fuerte porque podía percibir el movimiento de la mandíbula, cerca de las orejas. Y yo miraba sin poder comprender.
Ignacio era de esas familias que sólo tienen el apellido en su patrimonio. Su familia estaba en bancarrota desde hacía mucho tiempo, y él saltaba de trabajo en trabajo. Trabajos que conseguía gracias a la portación de apellido de prosapia.
La primera sensación que tuve fue estar algo atontada por lo buen mozo que era. Pensé que si llegaban a casarse, serían la pareja más espléndida de Buenos Aires y que sus hijos serían dignos de un figurín.
Pero como yo no abandonaba las esperanzas de que mi hermana se convirtiese en un ser humano mundialmente conocido, me dije que sería un lindo y corto noviazgo y no le di mayor importancia.

viernes, 20 de marzo de 2009

Sisterhood

Magda tenía la belleza de mamá, como así también su capacidad infinita para las ciencias humanitarias y un instinto infalible para la cocina. De papá había heredado el hoyuelo Parr en el mentón, una increíble inteligencia abstracta y una admirable determinación y seguridad de sí misma.
Magda era fascinante e intimidante. Yo me la imaginaba convirtiéndose en el próximo Premio Nóbel o como espía internacional. La creía capaz de cualquier cosa que se propusiese.
Obvio que no se lo dije nunca.
Hasta que un día me pareció absolutamente necesario.

martes, 17 de marzo de 2009

Siblings: Magdalena

Magda y yo fundamos nuestra relación en un mutuo amor - odio.
Creo que ella contaba con ser la menor de la familia cuando se enteró que mamá estaba embarazada de mí.
Según lo que me contó mi madre, Magda manifestó su disconformidad en varias ocasiones verbalmente antes de mi nacimiento, y después, en muchas otras ocasiones, físicamente.
Primero, enfermándose continuamente. Más tarde, cuando yo era ya más grande, pegándome en cada oportunidad en que los mayores se descuidaban.
Creo que eso debe haber quedado grabado en alguna parte de mi subconsciente, porque desde que estuve en condiciones de dar pelea me vengué, sin saberlo, de todas las cosas que me hizo de bebé.
Digo que nuestra relación se fundaba en un amor - odio, ya que si bien vivíamos discutiendo, era imposible separarnos.
Cada día alejadas parecía eterno. Yo la extrañaba horrores.
Cuando fuimos creciendo, las peleas fueron espaciándose, aunque siempre tuvimos la capacidad de crispar los nervios de la otra con una sola frase.